domingo, 13 de junio de 2010

CULTURA SAN AGUSTIN - COLOMBIA

Cultura San Agustín






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Estatuas en un monumento sepulcral del culto indígena de San Agustín en Colombia.



Con el nombre de San Agustín se conoce en Colombia, Suramérica, una importante región arqueológica, en la que se han hallado varios centenares de esculturas monolíticas, que indican que allí floreció desde remotos tiempos una cultura,
que hoy es objeto de estudio por parte de misiones científicas para
establecer los orígenes y los rasgos peculiares de este pueblo. Se
inició, a partir del Siglo XXXIII a. C., una cultura que presenta ya un considerable desarrollo en el Siglo VII a. C. , según las fechas de Carbono 14 obtenidas recientemente asociadas a la agricultura, la cerámica, la orfebrería y el arte escultórico.


Las diferencias marcadas entre objetos,indumentaria, vestuario y trabajo lítico, observados en las esculturas, hace suponer que la necrópolis de San Agustín fue el lugar donde varias etnias americanas desde lugares distantes traían sus muertos principales a sepultar y de la que hacen parte el Parque Arqueológico Nacional de Tierradentro y el Parque Arqueológico de San Agustín


Cronología






Grandes Linajes o Familias de las Etnias Americanas en Colombia



La cultura agustiniana, se extiende desde el siglo XXXIII a. C.
hasta el siglo XVI d. C. Las diferencias estilísticas que pueden
advertirse en la estatuaria y particularmente en la cerámica, como
también la sucesión de otros elementos, lo que evidencia en su proceso
de integración varios períodos claramente definidos, obedecen más que a
influencia de corrientes extrañas, a la evolución interna de este
complejo cultural.




Línea del tiempo de la Prehistoria de América

Línea superior "correspondencia a las Migraciones"


Línea inferior "desarrollo de civilización en América''




















Féretro San Agustín, Colombia.



Con base en el resultado de tales exploraciones, el cuadro cronológico que presenta la cultura de San Agustín es el siguiente:


Período Arcaico : 3300 a. C. al 1000 a. C.


Féretro del alto de Labapatas (2550 a.C.), Mesitas, ruinas del lado
oeste (1990 a 1800 a.C.), Ruinas del alto de los idolos (1800 a.C.),
Mesitas B montículo (1500 a.C.)


Período Formativo : 1000 a. C. al 300 d. de C.


a) Inferior : 1000 a. C. al 200 a. C.


b) Superior : 200 a. C. al 300 d. C.


Período Clásico Regional : 300 d. C. al 800 d. C.


Período Reciente : 800 d. C. al siglo XVI d. C.


El Desplazamiento


San Agustín es un topónimo que data del siglo XVII y con el cual se
designa una región montañosa del sur de Colombia, donde floreció una
milenaria cultura aborigen. La zona en la cordillera andina, recostado en una de las bases del Macizo Colombiano.
No lejos de allí, en el Páramo de las Papas, nacen algunos de los
principales ríos del país, los cuales cruzan el territorio colombiano
en distintas direcciones y en largos recorridos alcanzan caudales
navegables. El río Magdalena, es una de las más importantes vías de navegación y entrada hacia el interior, transitada desde tiempos pleistocénicos y por donde arribaron los colonos europeos que descubrieron y conquistaron las tierras de los muiscas. El Cauca, su más grande tributario, que irriga fértiles valles interandinos, ricos en filones y aluviones auríferos, tierra donde buscaron asiento los quimbayas y otros consumados orfebres precolombinos. El Caquetá, que sale al Amazonas,
después de irrigar el pie de monte andino y en cuyo curso medio y bajo
moran todavía grupos indígenas selváticos, algunos descendientes,
quizás, de los antiguos escultores de San Agustín.





.



El paisaje geográfico es de colinas onduladas y planos inclinados que descienden hasta estrechos y profundos cañones
de origen aluvial. Al fondo pueden divisarse los imponentes picos del
Macizo, como se denomina el nudo montañoso andino del sur de Colombia.


En el área de San Agustín, el accidentado relieve determina una rápida sucesión de climas,
desde el frío del Páramo de las Papas, y llegando a templado en las
vertientes y cañones de la cordillera, estos enmarcan el ámbito en que
se inició, a partir del Siglo XXXIII a. C., una cultura que presenta ya un considerable desarrollo en el Siglo VII a. C. , según las fechas de Carbono 14 obtenidas recientemente asociadas a la agricultura, la cerámica, la orfebrería y el arte escultórico.


Los vestigios arqueológicos






Tumba policromada



La zona donde se encuentran las reliquias prehispánicas se ubican en una región que corresponde a los actuales municipios de San Agustín, San José de Isnos y Salado Blanco.
Vestigios similares se han identificado también hacia la vertiente que
cae sobre la Amazonía, especialmente en la localidad de Santa Rosa del Caquetá.
Se debe tener en cuenta que una vasta extensión de esta zona está aún
sin explorar, particularmente las zonas que ascienden hacia el Valle de
las Papas, cubiertas por una densa vegetación selvática que sólo hasta
años recientes empezó a ser desmontada a trechos por las avanzadas
colonizadoras. En esta área aparecen, aislados unos de otros, núcleos
de estatuas y de tumbas, a manera de centros ceremoniales. La tradición
histórica ha señalado estos lugares con nombres especiales, que en su
mayor parte se conservan hasta hoy, como Mesitas, Lavapatas, Ullumbe, Alto de los Idolos, Alto de las Piedras, Quinchana, El Tablón, La Chaquira, La Parada, Quebradillas, Lavaderos y otros.


En tales lugares se han encontrado concentraciones de tumbas, algunas revestidas con grandes lajas y con sarcófagos
monolíticos en su interior, cubiertas con montículos artificiales que
alcanzan hasta 30 m de diámetro y 5 m de altura; estatuas de más de 4 m
de altura y de varias toneladas de peso. El trabajo lítico más
destacado es la llamada "Fuente de Lavapatas",
un lecho rocoso de la quebrada del mismo nombre, en donde los nativos
labraron una fantástica fuente ceremonial, con tres piletas y numerosas
figuras serpentiformes y batracomorfas en bajo relieve, circundadas por
diminutos canales por los que corre el agua de manera armoniosa. El
sitio estaba consagrado al culto de las deidades acuáticas y a la
práctica de ceremonias de curación.


Descubrimiento del sitio y trabajos posteriores


Desde mediados del siglo XVI (1536-1539) la región del sur de los Andes de Colombia
fue cruzada por expedicionarios españoles, quienes fundaron allí
poblaciones que en poco tiempo tendrían gran significación en el
proceso colonizador, como Pasto, Popayán, Almaguer, Timaná y otras. Sebastián de Belalcázar y García de Toledo avanzaron por las tierras del Macizo hasta llegar al Alto Magdalena, precisamente donde se ubica San Agustín, antes de que el primero de ellos siguiera hacia el norte para encontrarse con las huestes de Gonzalo Jiménez de Quesada en las tierras de los muiscas, donde acababa de fundarse Bogotá.
A estas expediciones siguieron otras, que entraron en contacto con
grupos indígenas que allí moraban y a las cuales se refieren varios
documentos que reposan en los archivos de Colombia y España.
Sin embargo, en ninguna de estas fuentes aparece noticia alguna
relacionada con los monumentos arqueológicos de San Agustín, ni los
indígenas de la zona revelaron su existencia a los recién llegados. A
partir del siglo XVIII, cuando se inició la acción destructora de los
buscadores de tesoros se empezaron a conocer los trabajos escultóricos
que residían en la zona.






Tumbas de la cultura San Agustín.



La primera información acerca de las ruinas arqueológicas de San
Agustín aparece en la obra Maravillas de la Naturaleza, escrita por el
misionero mallorquín Fray Juan de Santa Gertrudis, de la Orden Observante, quien visitó varias veces el lugar, la primera en el año de 1756. Su crónica de viaje, inicia en Cartagena de Indias y terminada en Lima, permaneció inédita en Palma de Mallorca por cerca de dos siglos, hasta cuando en 1956 fue enviada a Colombia una copia del manuscrito y publicada en el mismo año en la serie Biblioteca de la Presidencia de Colombia.


Es una descripción muy superficial de algunos de los monumentos,
Santa Gertrudis cuenta cómo ya desde esa época buscadores de tesoros se
empeñaban en remover las estructuras funerarias. Siguieron después la
visita del naturalista Francisco José de Caldas (1797), del geógrafo y cartógrafo italiano Agustín Codazzi (1857) y Carlos Cuervo Márquez
(1892), entre los principales del siglo pasado. En 1914 es cuando
realmente se inicia el estudio científico de tales vestigios, con la
visita a la región del investigador alemán K. Th. Preuss y posteriormente con las exploraciones del arqueólogo español José Pérez de Barradas y del colombiano Gregorio Hernández de Alba (1937), Luis Duque Gómez, Eduardo Unda y Tiberio López (1943-1960), Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff (1966), Luis Duque Gómez y Julio César Cubillos,
misión esta última que adelantó la más intensa exploración de los
yacimientos, en temporadas de trabajo que se extendieron desde 1970
hasta 1977, bajo el patrocinio de la Corporación Nacional de Turismo de Colombia y de la Fundación de Investigaciones Arqueológicas del Banco de la República de Colombia.


El pueblo escultor


La investigación arqueológica ha facilitado la reconstrucción de
buena parte de las pautas culturales de este pueblo que habitara el
alto Magdalena. Se sabe hoy que la base principal de su sustentación
económica fue la agricultura del maíz, del maní, del chontaduro (guliehna gasipaes) y de la yuca,
sumada a actividades complementarias de pesca y caza. Evidencias de
tales labores han sido comprobadas en estratos que datan del siglo
VII a. C. y que explican los rasgos fundamentales de su arte
escultórico, íntimamente relacionado con sus concepciones
mágico-religiosas. Esto contrasta notablemente con la estructura simple
de sus viviendas, que eran de planta circular y de cubierta pajiza,
hecho que explica plenamente Cieza de León (1518-1560), un cronista de la Conquista.


Las casas estaban construidas con materiales perecederos, por lo
cual no han quedado de ellas más señales que los orificios donde se
hincaron los maderos redondos que formaban sus muros y que sostenían
los techos, formando recintos de tres, cinco y hasta nueve metros de
diámetro, estos últimos destinados al parecer, a la morada de los jefes
de la tribu o de los Mohánes o chamanes.
Una habitación la formaban generalmente varios bohíos, situados a gran
proximidad unos de otros. Allí tenían sus dormitorios, sus fogones, que
eran tres o cuatro piedras semi-redondeadas, sobre las que colocaban
las vasijas destinadas a la cocción de alimentos, cuando no empleaban
las ollas trípodes, de soportes altos y macizos. También aparecen
dentro del perímetro de las casas, o muy próximas a ellas, huellas de
sus pequeños talleres y los lugares señalados para arrojar los
desperdicios.


La orografía de la región, caracterizada por suaves ondulaciones de
origen volcánico, delimitadas por el curso de numerosos arroyos y
quebradas, determinó una pauta de poblamiento disperso en el área de
San Agustín, similar a la que se observaba en las demás regiones de lo
que es hoy Colombia y que aún persiste en el ámbito rural.


Los núcleos de población coinciden generalmente con el emplazamiento
de grupos de estatuas y estas últimas con los sitios donde se ubican
los cementerios. El Crecido número de sepulcros indica, o bien una alta
densidad de población en aquellos tiempos, o bien la existencia aquí de
un centro ceremonial, consagrado al culto de los muertos. La presencia
de estatuas y de cementerios en casi todas las lomas de la región, es
un claro testimonio de la dilatada extensión territorial que habría
tenido este supuesto centro, a través de los actuales municipios de San Agustín, San José de Isnos y Salado blanco,
en donde se congregarían periódicamente las tribus que poblaban las
áreas vecinas y las que tenían sus propias estancias en aquellos
lugares, especialmente los escultores y los jefes religiosos, para la
práctica de las ceremonias propias del culto funerario.


Cultura (organización social)


Los rasgos peculiares que caracterizan el florecimiento de la
cultura de San Agustín, entre el 300 d. C. al 800 d. C., tales como el
gran desarrollo de la estatuaria lítica, que presenta una etapa ya muy
avanzada desde el siglo VII a. C., la construcción de grandes
terraplenes o aterrazamientos para la localización de las necrópolis,
la edificación de muros de contención, las tumbas revestidas con
grandes lajas de piedra, algunas, las principales, cubiertas con
montículos artificiales coronados con templetes funerarios, las fuentes
ceremoniales labradas en la roca viva, reflejan una adelantada
organización del trabajo y una estratificación social y política. La
escultura, en particular, indica claramente una verdadera
especialización del trabajo, ya que esta actividad, dado el grado de
complejidad y de adelanto que alcanzaron sus artífices, supone una gran
habilidad profesional, un notable talento artístico y en especial un
profundo conocimiento de las creencias mágico-religiosas de la tribu, a
través de una larga tradición de tales manifestaciones religiosas.
Además, diferencias que se aprecian en la estructura de los sepulcros
de un mismo yacimiento, sin indicaciones claras de una secuencia
cultural, hablan más de una estratificación social, puesto que la
cerámica y otros elementos del ajuar funerario atestiguan la
contemporaneidad de unos y otros. Tal estratificación estaría basada
sobre la diferencia entre los grupos ocupacionales y en la jerarquía
política y religiosa, consolidada en la formación de pequeños señoríos,
una organización típica de la mayor parte de los grupos indígenas
encontrados por los españoles en el siglo XVI en la región andina de Colombia.


Es posible pensar también que la gran dispersión que tiene la
estatuaria lítica en San Agustín se explica por haber existido entre
estos nativos una organización estructurada sobre la base de pequeños
grupos familiares, unidos entre sí por vínculos religiosos. Este mismo
hecho podría aclarar la razón de la gran variedad de motivos y estilos
representados en las estatuas dentro de una aparente homogeneidad
morfológica, diversidad que habría obedecido a la necesidad de
individualizar en cada lugar la representación de las deidades
protectoras del grupo familiar, dentro de los cánones religiosos
tradicionales. El chamanismo o Mohánismo
jugaría también un papel significativo a este respecto. En torno a
estos personajes se debieron agrupar los pequeños núcleos familiares y
aquellos habrían formado así una especie de casta sacerdotal, con
marcada influencia en la organización social y política de una
población que tenía una fuerte mentalidad mágico-religiosa, expresada
en la rica temática que se manifiesta en el arte escultórico. Todo
induce a pensar que en este período floreciente de la cultura
agustiniana, la organización social estaba fuertemente influida por los
grupos guerreros y las formas religiosas por las deidades solares y de
la guerra. Las estatuas de las Mesitas A y B del Parque Arqueológico
parecen ser la representación más auténtica de este momento cultural.
Aparecen guardando la entrada de tumbas revestidas de grandes lajas,
con sarcófagos monolíticos en su interior, consagrados, seguramente, a
guardar los despojos mortales de héroes de la tribu o de sus jefes
político-militares.


La escultura


La manifestación peculiar de la cultura de los antiguos pueblos de
San Agustín fue la escultura lítica monumental. Más de 300 estatuas han
sido halladas, la mayoría en una área que aparece plenamente delimitada
por las cuencas de los ríos Magdalena, Bordones, Mazamorras y
Sombrerillos y los picos del Macizo Colombiano.
Indudablemente los nativos quisieron hacer de esta región un verdadero
centro ceremonial para las prácticas funerarias, presididas por los
grandes monolitos, en los que ellos expresaron su estilo simbólico, sin
que este propósito les hubiera impedido tallar formas de gran
naturalismo.


Los bloques en que fueron talladas son tobas volcánicas y andesitas lávicas,
algunas de grandes dimensiones, hasta de más de 4 metros de altura y de
varias toneladas de peso. Con excepción de la vecina región de Tierradentro (Cauca), en ninguna otra zona de Colombia
se presentan estos rasgos monumentales de la escultura y puede
afirmarse, por consiguiente, que ellos están confinados al Alto
Magdalena.






«La diosa de la Chaquira» en el cañón del río Magdalena.



La estructura general del complejo arqueológico de San Agustín
ofrece algunos rasgos muy característicos, como la homogeneidad de
ciertos elementos y su continuidad a través de los distintos períodos
evolutivos, lo que habla en favor de un parentesco cultural de los
diferentes grupos que allí concurrían y de una larga tradición de los
mismos, expresada en elementos indicativos como la cerámica y la
industria lítica, como también en ciertos motivos representados en las
esculturas, cuyas formas ancestrales se inician por lo menos en el
siglo VII a. C. y persisten, al lado de otras posteriores, hasta el
siglo XVI de nuestra era.


El dualismo es un rasgo sobresaliente en la cultura de San Agustín.
En la estatuaria se ven, al lado de las representaciones femeninas,
otras de sexo masculino. Constituye esta característica una de las
peculiaridades que se han señalado como propias del llamado Período Formativo en América precolombina. En San Agustín, como en Mesoamérica,
las creencias religiosas de los nativos dieron origen a un complicado
culto ceremonial, en el cual jugó un papel significativo el ritual de
las danzas de enmascarados. Aun persiste esta práctica entre varias de
las tribus que habitan en la Amazonía,
las cuales usan disfraces fabricados de tela de corteza de árbol,
pintados de varios colores. Es indudable que la mayoría de los monolitosMuseo del Oro
del Banco de la República se ven figuras enmascaradas, algunas de una
sorprendente similitud con las de San Agustín, como puede observarse en
las figurillas de remate de los alfileres calimas, en las que el
disfraz que cubre la cabeza y la cara de los personajes está sostenido
con las manos, al igual de las que seguramente quisieron representar
los artífices agustinianos en varias esculturas de los yacimientos
arqueológicos de Quebradillas y de Ullumbe.
del Alto Magdalena llevan estas representaciones. En las colecciones del


Como ocurrió en el período formativo de las demás culturas de la zona andina y de Mesoamérica, las creencias mágico-religiosas estuvieron en íntima relación con su principal base de sustentación económica, la agricultura, como también con la caza y la pesca. Son los mitos que integran la fauna mágica, en la que son particularmente frecuentes varias especies, asociadas a su cosmogonía.
De ahí que en la estatuaria aparezcan representados varios mitos. El
sol, la luna, el rayo, la lluvia y otros fenómenos naturales, se
personifican y expresan en sus símbolos. Las deidades aparecen
antropo-zoomorfizadas y estrechamente asociadas a los ritos mortuorios.
El sol y la luna presiden su panteón religioso.






Estatua en el yacimiento de Mesitas.



La frecuencia de la representación de la boca felina en la mayor
parte de las esculturas, es indicativa del culto al jaguar, que parece
ser uno de los más antiguos y generalizados entre los pueblos que
vivían en la zona andina y que aún persiste en las poblaciones aborígenes que moran en la selva amazónica. En otras culturas arqueológicas andinas este elemento caracteriza también muchas de las representaciones escultóricas.


También la serpiente ocupa un papel preponderante en las
representaciones escultóricas de San Agustín y en la fuente ceremonial
de Lavapatas. Una estatua que se encuentra hoy en el Parque
Arqueológico, en el llamado "Bosque de las Estatuas", presenta las
manos dobladas sobre el pecho y éstas sostienen, de la cola y de la
cabeza, una serpiente enrollada. Los elementos que caracterizan esta
escultura permiten interpretarla como una Divinidad de las lluvias o
como la representación de un sacerdote o mago de la tribu en el momento
de invocar el espíritu de la deidad para que se pronuncie en favor del
campo o de las cosechas.


La figura de un águila que sostiene una serpiente con el pico y con
las garras, escultura que otros investigadores interpretan como la
representación de un búho, debió tener en el mundo de las creencias de
los antiguos agustinianos una significación especial. Posiblemente fue
el símbolo de la creación, relacionado con el origen de la luz y del
fuego y de la jerarquía política, es decir, el símbolo por excelencia
del poder. Motivos de aves rapaces en piezas de orfebrería han sido
hallados aquí como adornos personales, colocados como ofrendas en
tumbas que debieron corresponder a personajes de la tribu. Entre los
indígenas taironas, que moraban en el norte, en la Sierra Nevada de Santa Marta y en sus proximidades, el águila aparece también frecuentemente en los objetos de oro, lo mismo que entre los muiscas y quimbayas.


Las estatuas que se denominan cariátides,
porque estaban destinadas a soportar los techos de los grandes
sepulcros en las Mesitas A y B del Parque Arqueológico son,
seguramente, representaciones de guerreros. Tal es el caso de los monolitos
que se encuentran en el montículo noroeste de la Mesita B y en los
montículos oriental y occidental de la Mesita A. En estas estatuas
aparece figurada, en forma naturalista, la imagen de guerreros,
adornados con diademas especiales y portando las armas que ellos usaban
(piedras redondeadas, que lanzaban con la mano, escudos o rodelas, que
sostenían con la mano izquierda). En otras estatuas la rodela está
sustituida por una maza corta, la "macana" de que hablan las crónicas del siglo XVI, usadas por los panches, muzos, cólimas y otros grupos, y que aun emplean los chimilas, un pueblo indígena que vive en las proximidades de la Sierra Nevada de Santa Marta.






Fuente de Lavapatas.



Las serpientes crestadas, que aparecen como apéndice de las figuras
felinas que se ven encima de las cabezas de los supuestos guerreros del
montículo oriental de la Mesita A, permiten relacionar estas esculturas
con otras de Mesoamérica, en donde dichos elementos representan a Quetzalcóatl,
un dios bueno, que creó al hombre con su propia sangre, le dio el maíz,
le enseñó la industria lítica, los tejidos, la astronomía, el
calendario, ciertos rituales y el culto. Otros elementos de la fauna
representados en la estatuaria de San Agustín son el mono y la ardilla,
en estrecha relación con los ritos de fertilidad; la rana y el lagarto,
con las lluvias y con la muerte; el pez, con el cultivo del maíz; el
murciélago, como deidad de la agricultura. En San Agustín, la llamada
"rana de Codazzi", descrita por este geógrafo en el año de 1857 y que
duró perdida durante cerca de 200 años, oculta bajo la espesura, está
labrada en un bloque in situ, el cual se ubica en las faldas que caen
sobre la hondonada donde se encuentra la "Fuente de Lavapatas",
a una distancia más o menos de 50 m de este importante monumento. Una
rana monolítica, de tamaño monumental, con colmillos y garras, como las
del Alto de los Idolos y Alto de Lavapatas, en San Agustín, presidía una necrópolis en la hacienda denominada "El Marne", cercana a la población de Inzá. En la orfebrería calima, quimbaya y tairona, la rana es motivo frecuente.


El caracol, de varios géneros, se ve figurado en muchas de las
esculturas agustinianas, sostenido con la mano izquierda, en las
representaciones antropo-zoomorfas. En el área muisca
y en la calima se han encontrado hechos en arcilla, cobre y oro. Además
de su empleo como trompetas, al cual hacen frecuentes alusiones los
cronistas del siglo XVI, el caracol tuvo especial significación como
implemento para el uso de la masticación de la coca. En ellos se guardaba la sustancia alcalina que servía para provocar la reacción química que libera el alcaloide. En este recipiente introducían el palillo humedecido, que llevaban luego a la boca para mezclarla con las hojas del estupefaciente
y que sostenían entrelazado con los dedos de la mano derecha. Una de
las estatuas más interesantes de la zona, y que hoy se encuentra en la
Plaza de Bolívar de la población de San Agustín, es una figura
antropomorfa, con sombrero y boca felina y que sostiene con las manos
un pez, es interpretada como una deidad de las lluvias. En varias
culturas arqueológicas americanas este motivo se vincula también al
cultivo del maíz y su acción fertilizante.


Vestidos y adornos personales


Muchas de las figuras antropomorfas que representan las estatuas,
aparecen completamente desnudas o sólo con ligeros cubre-sexos y con
algunos adornos, como collares, pulseras, narigueras y orejeras. Este
hecho es curioso, puesto que el área de San Agustín es una región en la
que predomina un clima medianamente templado y éste se enfría
considerablemente a medida que se asciende al Valle de las Papas.
Quizás ello permita afirmar que se trata de un pueblo que tuvo una
prolongada estancia en tierras bajas antes de alcanzar los lugares
donde labraron sus estatuas. Varias esculturas presentan, sin embargo, faldellines y sombreros, los primeros confeccionados con tela, hechas de corteza de árbol, como lo acostumbran muchas tribus de la Amazonía.
Los implementos para el hilado, como volantes de husos, son
particularmente escasos en el registro de los elementos hallados en las
excavaciones arqueológicas realizadas. Los adornos fueron variados,
como collares de cuentas de piedra caliza y de piedra dura, estas
últimas de color verde azulado, tubulares, con orificio longitudinal;
cuentas de concha, de semillas, de hueso y de oro; narigueras de
orfebrería, circulares, laminadas o a manera de alambres retorcidos,
con engarces de cuentas de cuerno o de piedra; pendientes de oro
macizo, figurando en algunos águilas diminutas; diademas de oro,
orejeras y otros adornos que han sido encontrados en las excavaciones y
que coinciden en su forma con los que se observan en las estatuas.


La cerámica


Es fundamentalmente monocroma, hecha en atmósfera oxidante, por el
sistema de enrollado y con engobes de distintos tonos ocres. Predominan
las formas de cuencos pequeños, platos, ollas trípodes, copas de
soporte alto. También se encuentran grandes vasijas, destinadas al
almacenamiento de líquidos y a servir de urnas funerarias. La
decoración es casi siempre incisa, aunque se registra también la
pintura negativa, negro sobre rojo, desde las fases iniciales del
florecimiento de la cultura, en el período que se denomina Formativo
Superior. En el período final, o Reciente, aparece la pintura positiva
bicolor, como también una decoración granulada.


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