martes, 22 de junio de 2010

GUSTAVO CERATI - CUMPLEAÑOS 52 - 11 EPISODIOS SINFONICOS






Hoy el cantante argentino Gustavo Adrián Cerati cumple 52 años.  Lamentablemente, este es el segundo cumpleaños que el solista e integrante de Soda Stereo pasa en estado de coma, tras el accidente cerebrovascular que sufrió en mayo de 2010.

Su familia, al igual que el equipo médico que lo atiende, informó en su página oficial que el músico se mantiene estable, pero sin cambios significativos en su salud.

Sus fanáticos siguen brindándole muestras de afecto, respeto y admiración a través de diversos foros y las redes sociales.

Hoy se le tienen preparados varios homenajes en Argentina.  En Facebook, sus fanáticos crearon un grupo llamado “Regalo Para Gustavo”, una iniciativa que invita a otros fans a sincronizarse para escuchar todos juntos la canción “Puente”, de Cerati, hoy a las 8:15 pm.  La página al momento cuenta con 5,566 fans.  ¿Quieres formar parte de esto?  Haz click aquí para ver el enlace.

Feliz cumpleaños, Gustavo.  Mucha fuerza, y gracias totales por tu talento y tu música.

 

11 Episodios Sinfónicos es un disco en vivo grabado por Gustavo Cerati en el Teatro Avenida de Buenos Aires, en agosto de 2001. Siguiendo los pasos de otros artistas pop, Cerati reeditó 11 canciones suyas y de su banda Soda Stereo y les dio un giro sinfónico. El concierto consistió en él cantando, mientras Alejandro Terán dirigía la orquesta. Después fue realizado el DVD, que contiene 4 canciones adicionales que no estaban incluidas en el CD e incluya una sección denominada "detrás de las cámaras", un documental y extras. Incluye la mezcla en Surround Sound 5.1 del concierto.

Entre ellas destacan las versiones de "Verbo Carne" y "Un Millón de Años Luz", por la complejidad y fidelidad con las que fueron adaptadas para ser ejecutadas por la sinfónica.

 

 




































































domingo, 13 de junio de 2010

EPOCA PRECOLOMBINA - COLOMBIA



Época precolombina (Colombia)

De Wikipedia, la enciclopedia libre




La Época precolombina en Colombia
es en la actualidad materia del interés de la ciencia y la cultura como
una manera de acercarse a la identidad y a la génesis de la nación
colombiana. Si bien la época precolombina puede ser compleja, en muchos
casos la información es incompleta o es asumida desde muchos puntos de
vista, lo cierto es que ocupa el interés de ciencias como la
 arqueología, la antropología, la historia, la sociología
y otras ciencias. En el estudio de la época precolombina en el
territorio nacional son útiles los trabajos y avances de las
investigaciones sobre la época precolombina en los demás países
 americanos. El término "precolombino" se refiere a los pueblos que habitaban América antes de la llegada de Cristóbal Colón en 1492, pero aplicado exclusivamente a las antiguas colonias españolas en el continente, lo que hoy conocemos como Hispanoamérica.






Contenido

 Primeros pobladores (20000 a. C.)

En los abrigos rocosos del El Abra; al oriente de Zipaquirá, en la Sabana de Bogotá, se encontraron instrumentos líticos de hace más de doce mil años en 1967, datados el 10460 a. C. ± 160. Este hallazgo en el centro del país significa que las migraciones paleoindiasSuramérica con años de anterioridad a estas fechas. Recientes dataciones con radiocarbono del sitio de Pubenza, Cundinamarca, indican que esos primeros pobladores llegaron antes del 20000 a. C. llegaron a

En la Sabana de Bogotá se encontraron en el abrigo de Tequendama
herramientas de piedra elaboradas con esmero, como raspadores,
cuchillos laminares, y puntas de proyectil, que datan de un milenio más
tarde. Fueron elaborados por grupos de cazadores especializados, de
quienes apenas se han encontrado cinco falanges. De entre el
 7500 a. C. y el 6500 a. C.
provienen menos objetos de piedra pero aparecen jabalinas y otros
objetos de madera, así como múltiples instrumentos de hueso de animal,
y además huesos humanos calcinados. Se encuentran esqueletos completos
del
 5000 a. C., de un tipo físico diferente al de los Muiscas, y que llegaron posteriormente a la región.

Culturas agrícolas (5000 a. C. - 1200)

Los primeros vestigios conocidos de cultura hortícola sobre el
territorio colombiano, son ubicados en la zona de influencia de los
 Montes de María, que surcan los departamentos de Bolívar y Sucre, además de una escición de estos montes hacia el departamento del Atlántico donde también hubo pequeños asentamientos relacionados con tribus que se formaron sobre todo en el área denominada Puerto Hormiga,
donde se han realizado excavaciones, y se han encontrado vasijas y
alfarería, a la que se les han practicado pruebas que ubican a esta
cultura entre los 5000 y 4000 a. C. Estas comunidades, se fueron
dispersando, y parece que trasladaron sus concocimientos en pesca y
alfarería a la
 Cultura Zenú, a la cual se integraron al migrar al norte.

Para sorpresa de muchos en Arararcuara, en plena Amazonía se encontraron restos de asentamientos y prácticas hortícolas, así como cerámica provenientes del año 2700 a. C.

El sitio Zipacón, indica que los desarrollos agrícolas en la Sabana
se remontan más allá del año 1320 a. C.; con coexistencia de la cacería
y recolección, junto con prácticas agrícolas y alfarería.


La cultura San Agustín

La cultura agustiniana,
es de las más conocidas entre las culturas indígenas que surgieron en
Colombia antes de 1200. El espacio de desarrollo de la Cultura San
Agustín se dio en los actuales departamentos del
 Huila y el Norte del Depto. del Caquetá.

Esta cultura, a pesar de lo nombrada en muchos libros de historia, e
investigada, es técnicamente desconocida, pues el pueblo agustiniano
desapareció alrededor de 1250 y para 1300 la selva envolvía ya las
ciudades agustinianas. La falta de recursos para investigar ha
producido una avalancha de interpretaciones acerca de los orígenes, el
desarrollo y la caída de la Cultura San Agustín, hasta el punto que
algunos expertos afirmaron que algunos pueblos mesoamericanos,
específicamente las culturas de
 Teotihuacán y la Oaxaca (Monte Albán, Mitla, etc.) llegaron por agua o vía Centroamérica y se asentaron en esta zona. Esa teoría ha sido ampliamente refutada.

Como la teoría "mexicana" hay muchas, por ello es bastante inútil
adentrarnos en cada una de ellas; pues todas, sino la mayoría nos dejan
en un callejón sin salida gracias a la falta de indicios causado por la
misteriosa extinción de la Cultura Agustiniana. Por eso, lo importante
de San Agustín es conocer basándonos a lo que tenemos: los restos
arqueológicos ubicados en el Huila, exactamente en el Parque Nal. Arq.
San Agustín. Dentro de este, hay básicamente tres sitios de
importancia: Fuente-Templo de Lavapatas, Bosque de las Estatuas y el
Museo Arqueológico, que nos permiten conocer lo que los Agustinianos
quisieron que viéramos, pues hay otros sitios con esculturas
monolíticas; pero estos se encuentran en pésimo estado, y son
técnicamente irrecuperables gracias a la lenta pero efectiva acción de
la maleza.


La Fuente de Lavapatas,
es una magnífica demostración de las habilidades escultóricas y la
creatividad de la Cultura Agustiniana, pues la Fuente, está ubicada
sobre una quebrada natural, y ellos tomaron las piedras que estaban
sobre la quebrada y fueron esculpiendo sobre ellas, creando una
intrincada red de canales y caídas artificiales de agua, rodeadas de
figuras zoomorfas, antropomorfas o mezclas de ambas. Algunas teorías
afirman que los Agustinianos contaban con primitivos conocimientos
físicos, ya que las curvas de estos pequeños canales, y los círculos
para las pozas de esta Fuente, son de tal perfección que tuvieron que
ser hechos con la ayuda del agua y sus renombradas propiedades que
facilitan el erosionamiento controlado de la piedra, y otros
materiales. En investigaciones posteriores a la expedición del
Arqueólogo alemán Konrad Preuss, se ha afirmado, que las figuras
presentes en la Fuente de Lavapatas pertenecen a las deidades
Agustinianas del Agua, la fertilidad, la prosperidad o ambas y que por
ello, además de las características arquitectónicas y la dediciación en
su construcción, la Fuente de Lavapatas funcionó como templo. Por ello
más tarde se le ha ido aceptado como Fuente-Templo de Lavapatas.


El bosque de las Estatuas, ubicado en el Parque Nacional
Arqueológico de San Agustín, es una amplia explanada llena de las
mejores expresiones monolíticas y dolménicas fruto del Ingenio
Agustiniano. En esta explanada se admira tanto la sencillez de ciertas
estatuas, como la preocupación por la ornamentación y el detalle de
otras, figuras zoomorfas, amplios tocados, figuras de piedras con
alusión al "Alter ego", lo que nos plantea nuevas preguntas, ¿Los
agustinianos eran simples escultores o avanzaron en otras ciencias?,
¿La Profundidad de ciertas esculturas es sinónimo de nociones
Filosóficas en la Cultura Agustiniana?, ¿Si es tan gloriosa, por qué
desapareció San Agustín?... Eso es San Agustín, una pregunta detrás de
otra hasta encontrarnos con estas misteriosas estaturas, los testigos
inmarcesibles de los desconocidos orígenes, la gloria y la súbita
desaparición de la Cultura AgustinianaLa cultura Tierradentro


Aparentemente sin ninguna relación con la Cultura Agustiniana, Tierradentro,
se desarrolló a menos de quinientos kilómetros de Sn. Agustín. Esta
también tuvo importantes contribuciones a la estatuaria y a alfarería,
pero esta entró más profundo en lo relacionado con el asunto de la vida
y la muerte, pues los vestigios más tangibles de ella son los hipogeos,
que estos dejaron en el Alto Cauca, exactamente en el corregimiento de
San Andres de Psimbalá, Mpio. de Inzá. estos dos, y casi el 80% de la
zona de la influencia de la Cultura Tierradentro, son controladas por
un resguardo a nombre de los Indios Paeces, aparentes descendientes de
los habitantes de Tierradentro. En estos resguardos, los indígenas
cuentan con su propio gobierno e instituciones, se habla una lengua
autóctona que puede descender de la hablada por los Tierradentro.


Tierradentro fue el nombre que los españoles le dieron a esta zona
por lo tupida de la selva, los constantes y profundos precipicios, la
impenetrable neblina e interminables cadenas de lomas; paisaje común a
la zona del Macizo Colombiano. Los Tierradentro, construían varias
clases de tumbas, las hay sencillas, un simple huevo con un pasadizo
hasta las más complejas, que avanzan hasta ocho metros bajo tierra con
amplios salones ovalados o circulares en torno a una columba central.
Estos están profusamente decorados con figuras zoomorfas y geométricas.
Tierradentro, al igual que San Agustín, desapareció, pero
investigaciones indican que los Paeces y Guambianos, habitantes
indígenas de la zona, son los supervivientes al mestizaje, la
colonización y todos los procesos históricos de Colombia hasta hoy.


Las Culturas Doradas (1200-1510)

 

 


Las culturas precolombinas del período preclásico.


El Periodo Preclásico, como es conocido el lapso de tiempo en
Colombia comprendido entre 1200 y 1510, donde se formaron las Culturas
más complejas a las cuales los indígenas colombianos llegaron antes de
la intervención cultural española. Intrincadas jerarquías, eficiente
estructura político-administrativa, monumentales ciudades, incontables
obras de arte, tradiciones orales e inmateriales que nos revelan el
nivel de desarrollo de estas verdaderas civilizaciones.


Los Tayronas




Los Tayronas, habitaron la zona más septentrional de Colombia,
exactamente en la Sierra nevada de Santa Marta. Ellos alcanzaron un
nivel de desarrollo envidiable por otras culturas colombianas, e
inclusive de otras foráneas. Sus conocimientos de arquitectura,
agricultura e hidráulica nos dan la imagen de una nación bien
estructurada, avanzada, y que en comparación con algunas naciones
europeas, con muchos adelantos con respecto a ellas. El ocaso de la
Nación Tayrona, comenzó a la llegada de
 Rodrigo de Bastidas,
en 1528, a la zona donde ellos habitaban, y para 1550, se podría
afirmar que ya habían sido exterminados en más de un 80%, el otro 20%
se dividió en aquellos que se refugiaron en las zonas más altas de la
Montaña, y los que sucumbieron en el proceso de mestizaje. Aquellos que
se quedaron en las partes altas de la Sierra, hoy aún sobreviven, como
legado de la Cultura Tayrona, son los Kogui, los Ika y los Sanká.


Primero hablemos de las obras públicas de los Tayronas. Dentro del
territorio Tayrona, todos los pueblos y ciudades estaba comunicado por
una red de caminos de piedra, que recorría desde las faldas más
habitadas hasta los parajes más indómitos de la Sierra Nevada.
Analizando el diseño de las viviendas que ellos dejaron, de forma
circular; construidas generalmente sobre terrazas de piedra; sin
ventanas, pero techadas de palma de montaña, haciéndolas frescas; sin
decoración alguna, solamente pintadas con cal y agua sobre los muros de
barro y piedras pequeñas, los muros también eran de paja en las
ciudades más cercanas al agua. Los Tayronas planificaban el crecimiento
de sus ciudades, construyendo terrazas que primero servían para la tala
organizada de árboles, luego la agricultura y posteriormente viviendas,
y así sucesivamente, además las ciudades contaban con canalizaciones de
agua de montaña para llevar organizadamente el recurso vital a las
viviendas, estas canalizaciones, las ciudades en sí y las terrazas de
cultivo fueron diseñadas de forma tal que evitaba la erosión y
cualquier rompimiento con el normal curso de la naturaleza. Los
Tayronas fueron realmente una cultura ambientalista. Respecto al tamaño
de las viviendas a medida que era más grande, mayor la importancia del
morador. Habían también casas especiales, o casas sagradas, donde se
reunían todos los hombres y niños a la llegada de los sabios ermitaños;
que frecuentemente bajaban de sus viviendas en los páramos, para llegar
a las ciudades y transmitir las palabras de los dioses y enseñar a los
niños las tradiciones de la nación.


Técnicamente, los Tayronas no contaban con un ejército nacional
organizado, pero cada ciudad aportaba sus mejores hombres, para ser
entrenados como guerreros, esto estaba a cargo de consejos conformados
por representantes de los caciques de cada ciudad. Al terminar su
entrenamiento, los hombres se transformaban en Manicatos, los Manicatos
eran los guerreros de la nación Tayrona.


La estructura político-administrativa de los Tayrona no es muy
clara, pero las investigaciones han concluido que concentraba aspectos
federales con otros radicalmente centrales. Cada ciudad grande (unos
1000 habitantes) generalmente contaba con un Cacique, figura más bien
administrativa, con pocas atribuciones divinas, a diferencia del resto
de culturas de la América Prehispánica, que semi-deificaban a los
líderes de las tribus o ciudades. El cacique, dentro de los límites de
su ciudad, cumplía funciones ceremoniales, ejecutivas, y judiciales.
Los caciques podían tener opiniones divergentes, pero las instituciones
inermes e uniformes de la Nación Tayrona eran los sacerdotes;
respetados e incluso venerados, ellos, a pesar de carecer de autoridad
ejecutiva, influenciaban notablemente en las decisiones de los consejos
y regían la vida de los habitantes bajo los preceptos de los dioses.


La lengua de los Tayronas, el Tayrona, pertenecía a la familia
lingüística Chibcha, de la cual también eran miembros los Muiscas y las
incontables variaciones dialectales de cada conurbanado de la
Confederación Muisca. Por eso, entre los muiscas y los tayronas
existían ciertos lazos culturales, haciendo las relaciones entre ellos
más fluidas que en comparación con otras como la Quimbaya.


En el área de la Orfebrería, los Tayronas gozaban de un papel
principal dentro de este oficio. Pues desarrollaron bastante técnicas
como la cera perdida, que consistía en hacer moldes de barro rodeando
una figura de cera, que se derretía después de calentar el empaque de
barro. Luego de sacar la cera derretida, el orfebre vertía el oro
líquido en el espacio dejado por la figura de cera, posteriormente
esperaba a que se solidificara y rompía el molde resultando la figura
deseada. El uso de la tumbaga, una aleación de cobre y oro permitieron
ahorrar recursos y derretir más fácil el oro. Los tratamientos para
mejorar la calidad del oro, como calentarlo hasta la oxidación del
cobre y luego sumergirlo en agua helada para que permaneciera una
pátina permanente de oro y evitar que la pieza se cuartee. Finalmente
el proceso terminaba con lijar la pieza hasta que llegara a la
perfección. Se cree que varias de estas técnicas fueron desarrolladas
por los Muiscas y exportadas a la cultura Tayrona. Aunque los Tayronas,
también se les considera exportadores de técnicas de orfebrería e
hilados. Eso se ve en que la mayoría de las obras muiscas parecen ser
toscas y mal terminadas aunque la calidad del oro era superior, y las
Tayrona técnicamente perfectas, los Muiscas al aprender la técnica de
la cera perdida mejoraron la estética de sus obras, prácticamente
abandonaron el método del
 repujado
directo, que además de inexacto le restaba vida útil a la pieza pues
esta cogía más riesgo de cuartearse y también restringía las obras a
solamente láminas, ya que repujar sobre el oro bruto es casi imposible.
A su vez, los Tayronas al aprender métodos como la inmersión de la
pieza en agua mejoraron sustancialmente la calidad del material y la
belleza misma del ornamento.


La economía Tayrona, era poco dependiente del comercio, es más, es
posible afirmar que era autosuficiente, pues los territorios tayronas
comprendían todos los pisos térmicos, desde zonas al nivel del mar,
donde tenían acceso a la pesca, pasando por áreas templadas hasta
llegar a áreas cultivables paramunas, Todas profusamente recorridas por
ríos de todos los tamaños. En lo referido a su alimentación, los
Tayronas fueron los inventores de los bollos, pues el maíz producido en
la Sierra Nevada era demasiado duro para comer, y amasándolos eran más
fáciles de cocer. La técnica del bollo fue posteriormente mejorada por
la Cultura Zenú, cuyos territorios eran mejores para el cultivo del
maíz, hasta que actualmente se considera que los departamentos de
Córdoba y Sucre (Zona de infliencia Zenú) son los creadores de esta
receta. Además de bollos, los Tayronas eran consumidores de chicha y
arepas en grandes cantidades. Para endulzar las bebidas, usaban la
 miel, que producían en colmenas
hechas por ellos. En el ámbito frutal, sobresale la producción de
hortalizas, las guanábanas, piñas, aguacates y guayabas. El consumo de
carnes era escasa, usualmente consumían carnte de cabra y roedores en
tiempos especiales, pero generalmente comían pescado.


Los Tayronas, desarrollaron sobremanera la habilidad de usar las
plumas para decorar tocados y vestidos. Hasta llegar al punto que
tenían la tradición anual de pelar las guacamayas y otras aves para el
festival del maíz (Solsticio de Verano). En lo referente a sus mitos y
tradiciones, los Tayronas contaban con incontables dioses, aunque poco
se sabe de ellos, ya que no tenían lengua escrita y los cronistas de la
colonia no se adentraron en la sierra para contarnos esto como ocurrió
con otras culturas como la Muisca. Pero si nos han llegado de los Kogui
y la sotras tribus que hoy sobreviven en la Sierra, los mitos
cosmogónicos (creación del mundo) de la Cultura Tayrona. Se dice que
antes que todo existiera, el Mundo estaba cubierto por tinieblas, y
todo estaba oscuro. En aquel tiempo, ya vivía una mujer, llamada la
Madre del Universo, que nunca dijo como exactamente surgió, al nacer de
ella el primer hombre, por fin llegó la luz, y ese fue el primer día.
El recién nacido, llamado Sintana, se volvió un héroe cuando creció, y
organizó el primer ejército de Manicatos. Pero el mundo aún no tenía
forma, y Sintana vivía solo, entonces la Madre del Universo, que sabía
hilar, hizo un gran huso, que clavó en el pico más alto de la Sierra,
del jaló y jaló, sacando mucho hilo, que dispuso com un círculo
alrededor de la sierra. Mientras hacía el redondel, ella decía "Esta
será la tierra de mis hijos". Y así el mundo tomó forma.


La verdad, es que los Tayronas son, sino la más avanzada, una de las
más avanzadas culturas de la América Prehispánica, pues sus niveles de
civilización, comparables con otras más investigadas y aparentemente
más gloriosas como la Inca, la Maya y la Azteca. Francamente, son una
expresión cultural digna de admirar y preservar por todos los
colombianos y el Mundo.


[editar] Los muiscas

Artículo principal: muiscas

Habitantes de la zona central de Colombia, específicamente el
Altiplano Cundiboyacense, fueron la cultura que más llegó a evolucionar
en lo que se refiere a la administración y la estructura
político-administrativa del Estado hasta llegar a la conformación
oficial de una Confederación de cacicazgos con un sistema uniforme de
caminos, lengua, impuestos, religión y leyes. Realmente, el nombre
"muiscas", no es el propio de ellos, este fue el apelativo dado por los
cronistas españoles como un símil entre esta cultura y las moscas, pues
salían de todas partes emboscando a los conquistadores españoles. De
todas maneras, nos referiremos a ellos como muiscas.


También existen otros mitos como el de Bachué, la madre de los
Muiscas. Un día salío de la laguna de Iguaque una mujer esbelta y
bella, con un hijo en sus brazos. Ella era Bachué, se sentó a la orilla
de la laguna y esperó hasta que su hijo creciera. Cuando alcanzó la
edad suficiente, se casó con él y tuvieron muchos hijos, esos hijos son
los Muiscas. Bachué les enseñó a cazar, cultivar, respetar las leyes y
adorar a los dioses. Bachué fue tan buena, que los mismos Muiscas se
referían a ella también como Furachoque (Mujer Buena en Chibcha).
Cuando ya eran muy viejos, Bachué y su Hijo-Esposo decidieron volver a
Iguaque y se convirtieron en serpientes. Esas serpientes se sumergieron
en el lago. Ese día los Muiscas estuvieron muy tristes, pero sabían que
Bachué, su madre, era feliz.


De los Muiscas nos han llegado muchos mitos, pues como Bogotá se
instituyó como capital del Nuevo Reino de Granada, muchos cronistas y
oidores viajaron a asentarse allí. Durante estas estancias, ellos
escribían "Crónicas de Indias", que nos revelaron lo que quedó de la
América Prehispánica, y por supuesto, lo que los Reales Censores
permitieran publicar. Según los muiscas, había muchos dioses, pero los
más importantes eran Sué (El Sol), y su templo de Sugamuxi o Suamox
(Sogamoso), era el más venerado del mundo Muisca. Chía (La Luna), y su
templo en el pueblo que hoy lleva ese mismo nombre, el segundo en orden
de importancia. Otros personajes como Bochica, que no eran dioses, eran
recordados por todos con respeto y afecto. El mito de Bochica es este:
en la sabana, vivían los Muiscas, pero ellos se habían cansado de las
inundaciones, que podían ser causadas por Huitaca, la hermosa y malvada
mujer o Chibchacum, el protector de los agricultores. Entonces, del
cielo salió un arcoiris, y de él bajó un hombre blanco, con barbas
blancas y túnica. Este dijo llamarse Bochica y les enseñó a tejer.
Bochica escuchó las quejas de los Muiscas sobre las inundaciones, y con
su bastón de oro partió dos piedras al borde del precipicio donde
terminaba la Sabana y salió toda el agua, creándose el Salto de
Tequendama. Bochica castigó a Huitaca y Chibchacum, a la primera
convirtiéndola en lechuza, y obligándola a cargar el cielo. A
Chibchacum lo obligó a cargar la tierra, y cada vez que el se cambia de
hombro, la tierra tiembla.


La contribución de los Muiscas a la cultura nacional colombiana es
quizás la más importante. Juegos como el tejo, son predecesores del
Turmequé, que fue inventado por los Muiscas y los españoles le
agregaron el detalle de la pólvora. Entre los Muiscas, se celebraban
torneos de lucha, y el ganador era premiado por el cacique con una
manta fina de algodón y se convertía en guerrero.


En lo referente a obras públicas los Muiscas no se destacaron mucho.
Al compararlos con las magníficas obras de ingeniería de la cultura
Tayrona, los Muiscas no superaron las construcciones de madera y techos
de palma. Las empalizadas de sus ciudades eran prácticamente su único
método de defensa, desarrollaron notablemente la ingeniería para la
construcción de terrazas para impedir la erosión y regadíos. Esto nos
demuestra la naturaleza pacífica de los Muiscas. No obstante, sus
guerreros probaron ser eficientes luchando contra los españoles, pero
finalmente fueron derrotados.


Quizás la razón por la cual los muiscas han permanecido en la memora
es por ser la nación de "Eldorado", ese país donde todos llevaban
prendas de oro, y que cada cierto tiempo, en una laguna, el cacique se
montaba en una balza, cubierto en aceites y polvos de oro. Sin que sus
ojos dignaran verle, los súbditos iban tirando ofrendas de oro a la
laguna, y el cacique se sumergía en ella mientras los bálsamos dorados
se desprendían y teñían el agua de oro. Se cree que éstos eran los
Muiscas, y que esa laguna es la de Guatavita, a unos 50 km
 de Bogotá (Bacatá).

El Sistema Político-administrativo de los Muiscas, es el más
avanzado entre las culturas asentadas en Colombia. Este es el de
Confederación de Cacicazgos. Dentro de la nación Muisca, había dos
grandes Confederaciones, la del Zipa de Bacatá (Bogotá) y la del Zaque
de Hunza (Tunja), siendo la de Bacatá siempre más grande y poderoza que
la de Hunza. El funcionamiento de estas Confederaciones era sencillo:
cada poblado-estado miembro de la Confederación, le debía cierto
respeto al Zipa o Zaque, dándole tributos y recursos de su zona; a
cambio de protección y mercado para sus productos. Por su parte, el
gobierno central, a cargo del Zipa o del Zaque se creaban las reglas de
convivencia que no estaban escritas y se basaban en la costumbre.
También era trabajo del Zipa o Zaque la administración de los guerreros
o Güeches, que en la cultura Muisca si estaban organizados en forma de
ejército, pues dependían directamente del Zipa o Zaque. Sus leyes, eran
incluso más avanzadas que la nación europea más vanguardista de la
época: todos los bosques y lagunas eran públicos, la caza estaba
organizada y usualmente hombres de todos los estratos iban a ellos a
pescar y cazar libremente. En tiempos de guerra todos los caciques se
reunían donde el Zipa y tomaban las decisiones. Esto también pasaba
cuando había hambrunas o sequías, cuando se terminaba la reunión, los
caciques comunicaban su decisión a los Tiuquines, fuertes mensajeros
que corrían por todo el altiplano llevando el mensaje del Zipa o del
Zaque.


Los Muiscas estaban ubicados en el Altiplano Cundiboyacense, desde
el Norte de Boyacá, Hasta el Páramo de Sumapaz, y desde Las faldas de
la cordillera Oriental, en Cundinamarca hasta el Río Magdalena,
limitando con los Pijaos y Opitas, en el Tolima.


La economía de los Muiscas era quizás la más sólida y poderosa de
todas las culturas prehispánicas colombianas. Eran los únicos
productores de esmeraldas, monopolizaron la minería del cobre, el
carbón tanto vegetal como mineral, y contaban con las fuentes saladas
más grandes, las de Nemocón, Zipaquirá y Tausa. Las esmeraldas, la sal
y el cobre, necesarios para fabricar joyas, eran canjeadas con los
Pijaos y los Opitas, que habitaban el sur, en cambio, estos les daban
oro, que tenían en abundancia.


Los bosques eran públicos, al igual que las lagunas, los páramos y
las riveras de los ríos, haciendo la producción alimenticia acorde a
las necesidades de cada habitante, y dependiendo de lo que él quisiera
hacer. En Bacatá, Chocontá y Hunza, se establecieron los tres grandes
mercados donde la gente se reunía a cambiar sus mercancías. Las fuentes
saladas estaban rodeadas de hornos, que podían ser usados por todos
para evaporar el agua y obtener sal gema. En los mercados se cambiaban
productos de primera necesidad, como el maíz, la sal, miel, frutas y
granos, hasta los de lujo, entre los cuales se encontraban las plumas,
el oro, el cobre, algodón, coca y caracoles marinos importados desde la
tierra de los Tayronas.


El calendario de los muiscas, era bastante impreciso, pero ellos
sabían perfectamente que el solsticio de verano, el sol duraba más
tiempo, y ese 21 de junio (Calendario Gregoriano), se iban todos a
Suamox o Sugamuxi, donde estaba el Templo de Sué, el Sol a ver la
procesión de los más importantes miembros de la corte del Zipa. Esa era
una ocasión muy festiva y especial, donde todos, hombres, mujeres y
niños se pintaban con índigo y achiote mientras cantaban y saltaban,
embriagados con chicha regalada por el Zipa. Al día siguiente, todos
asistían a la ceremonia de entrega de ofrendas, pidiendo por un buen
año y mejores cosechas. Posteriormente, salía el Zipa y los saludaba a
todos. Esta era la única vez en el año en que los ojos de los súbditos
podían ver al Zipa. Al terminar esta ceremonia, el Zipa abría las
puertas de su cercado y hacía que todos entraran para seguir
celebrando. La celebración duraba cuatro días más.


La casta sacerdotal era instruida desde la infancia y al crecer,
éstos se volvían jeques, o sacerdotes, que dirigían las ceremonias
religiosas y enterraban a los muertos. Sólo ellos entraban a los
recintos interiores de los templos, y en sus mochilas cargaban coca que
mascaban con cal, revuelta en sus poporos para celebrar sus ritos en
trance. Cada familia alguna vez tuvo que ofrecer a uno de sus hijos en
moxas, jóvenes que eran instruidos por los jeques hasta los 15 años,
posteriormente los sacrificaban y le ofrecían su sangre al Sué, esto
era considerado un gran honor, pero con el tiempo esa tradición fue
siendo relegada por ofrendas de oro, hasta el punto que para 1300 esta
tradición ya había desaparecido. Los jeques también sabían de las
estrellas, practicaban encantamientos y curaban a la gente. Enseñaban a
los campesinos acerca de los cambios de luna, diciéndoles cuando era
propio cultivar.


La lengua de los Muiscas, era miembro de la familia lingüística
chibcha, lo que les permitió mantener fluidas relaciones con los
Pances, los Motilones, los Tayronas y los Opitas, miembros dialectales
de ese grupo lingüístico.


Los Muisicas, son la cultura que más lejos llegó en evolución
política y social de forma autóctona en Colombia, y por eso deben ser
admirados. Para 1537, el último año de paz antes de la llegada de los
Españoles, se estima que los Muiscas eran un poco más de 1 millón,
organizados en 56 tribus, adscritas o al Zipa o al Zaque, que casi
siempre convivían en paz, La llegada de la expedición española sembró
intrigas y rompió la concordia, debilitadas ambas confederaciones, los
españoles ocuparon Bacatá y mataron al último zipa, Zaquezazipa, era el
año 1538, Gonzalo Jiménez de Quezada sobre la antigua casa del Zipa
refunda Bacatá como Santafé de Bogotá, ese fue el fin de los Muiscas


Los Quimbayas

 

Rodeados por eternos guaduales
y yarumos, los Quimbayas son famosos por su habilidad de construcción
con la guadua, su exquisita orfebrería y sus valientes guerreros. Estos
habitaron la región del actual Eje Cafetero, sobre todo en el actual
Depto. del Quindío. Los Quimbayas, son los creadores de quizás la más
famosa pieza de oro precolombino del Mundo: el Poporo Quimbaya (Museo
del Oro), y una de las más deslumbrantes colecciones de Arte
Prehispánico: El Tesoro de los Quimbayas (Museo de América - Madrid).


Los Quimbayas, se calcula que eran casi 100000, vivían en chozas
redondas de guadua y techos de palma. Los fogones eran públicos, y eran
compartidos por tres o cuatro familias cada uno y estaban aparte en una
choza cercana a las tres casas. Los poblados eran bastante compactos, y
era común que cada poblado Quimbaya no superara tres familias
diferentes, haciendo el trato dentro de los poblados muy cordial y
familiar.


La producción agrícola de los Quimbayas, no era tan eficiente como
en otras culturas, pero conocían y practicaban la rotación de cultivos.
Ellos cultivaban una tierra y la dejaban descansar, mientras el año
siguiente se tomaba otra, y así sucesivamente. Su método era quemar la
tierra, talar lo que quedaba en pie y surcarla para sembrar, lentamente
agotando los nutrientes de la tierra. Eran expertos en hacer terrazas
en las zonas más pendientes, de esa forma evitaban la erosión. Pero
esos métodos de quema eran compensados con la siembra de guaduales, que
además de ser fuente de madera, conservaban mucha agua y restablecían
los nutrientes de la tierra. Los cultivos más comunes, eran los de
 maíz, arracacha, fríjol, fique y yuca.

Los Quimbayas desarrollaron sobremanera la recolección sistematizada
de frutas y bayas, especialmente las de guamas, pithayas, guayabas,
aguacates y caimitos. Pero el árbol que más usaron, era la guadua. La
guadua, es un árbol abundante en la región del actual Eje cafetero, y
fue usada por los Quimbayas para elaborar desde juguetes hasta armas y
casas. Los Quimbayas aún no construían las
 colmenas, acostumbrándose a recoger los panales que se formaban en los árboles. De estas colmenas, extraían miel, la cual consumían virgen y también sacaban cera, que usaban para hacer las piezas de oro bajo la técnica de la cera perdida.

La sal fue una de las razones por la cual los Quimbayas no fueron
conquistados por pueblos belicosos como los Muzos y los Panzes, las
fuentes saladas de Consota, Cori, Coinza y Caramanta fueron
monopolizadas por los Quimbayas, que controlaban el comercio del
mineral en la zona al occidente de la cord. Central. En estas fuentes
saladas, el ingenio Quimbaya dividía las aguas saladas de las dulces y
la salada llevada por tubos de guadua a los hornos. donde era evaporada
y extraída. Los Quimbayas guardaban toda la sal en depósitos especiales
propiedad de cada familia. La sal era usada para pagar tributo al
cacique y a tribus vecinas.


Los Quimbayas eran hábiles cazadores. Era usual que padres e hijos
fueran a la selva por la noche a cazar y llegar al día siguiente con
dantas, zarigüeyas, osos hormigueros y las muy preciadas guartinajas y
venados. La carne de estos la salaban para consumirla más tarde. En
estas también perseguían guacamayas, a las cuales pelaban, para usar
sus plumas como decoración y consumir su carne azul.


El oro Quimbaya no provenía de minas como ocurría con los Tayronas o
los Calimas y Pances, ni del comercio, como los Muiscas, sino de los
ríos. Los Quimbayas iban a los ríos con frecuencia y con macanas
recolectaban oro. Cuando eran demasiado caudalosos, o crecían esperaban
las sequías para recoger el oro de la arena, junto con el limo, muy
bueno para cultivar. El oro bruto era llevado a casas de orfebrería,
donde era molido con grandes piedras, cuando era casi polvo, era
mezclado con cobre para hacer tumbaga que era más fácil de fundir. Los
Quimbayas obtenías figuras en tumbaga con la técnica de la cera perdida
y posteriormente les practicaban el templado: calentarlas y sumergirlas
en agua helada, luego martillarlas, para sacar las impurezas y darle
resistencia. Los Quimbayas fueron los que mejor practicaban el
templado, pues martillaban y repetían el proceso varias veces. Por ello
las figuras Quimbayas que vemos en los museos brillan más y no han
sufrido tanto el paso del tiempo. Además de la cera perdida, que era
más usual en los elementos decorativos y las piezas ceremoniales
sacerdotales o civiles, se usaba también el repujado o martilleo
delicado de hojas de oro. Esta técnica era más usada en las armas,
cascos y pectorales de los guerreros, pues se hacía con láminas que
eran más livianas en el combate.


La cultura Quimbaya practicaba la antropofagia ceremonial. Cuando
una tribu iba a la guerra el cacique sacrificaba dos de sus esclavos y
todos bebían de su sangre y comían de su carne, según creían, esto les
daba valor y fuerza para el combate. Esta práctica solo se daba en
tiempos de guerra y en ceremonias religiosas.


El entierro de un cacique era un evento importante. Los sacerdotes
organizaban una gran ceremonia, pintaban y adornaban el cuerpo del
cacique, que era ataviado con adornos de oro y mantas lujosas. El
cacique era velado por varias semanas en su residencia, luego era
llevado a lo alto de una colina, donde se habían cavado un hueco en el
que habían puesto muchas joyas y ropajes, unos esclavos vivos para
servirle durante su nueva vida, y mientras llevaban el cuerpo del
cacique, sus esposas estaban felices de acompañarlo a la vida eterna.
Finalmente lo enterraban.


La estructura administrativa Quimbaya era bastante dispersa, había
más de 80 caciques, aunque entre ellos reconocían a cinco como
superiores. En lo referente a las relaciones con tribus cercanas, los
Quimbayas y sus vecinos, a diferencia de otras culturas, tenían
relaciones constantes pues las distancias entre sus poblados era
escasa. Las relaciones eran mantenidas de cacique a cacique y siempre
se usaban intérpretes. Entre esas tribus se encontraban: los Ansermas,
los Irras, los Quindos, los Caramantas, los Pícaras, los Pozos y los
Armas.


Los Ansermas, eran muy poderosos, y estuvieron incluso a punto de
invadir el territorio Quimbaya. Los Pozos y los Armas eran caníbales y
siempre estaban peleando con sus vecinos.


Los Quimbayas no tenían ejércitos organizados, pero en el combate
los guerreros Quimbayas, entrenados por los caciques, liderban milicias
conformadas por hombres y mujeres de todas las edades que combatían en
igualdad de condiciones: en esos momentos lo importante era conservar a
la Nación Quimbaya. En tiempos de paz, los Quimbayas organizaban
brigadas de centinelas y espías que cuidaban las fronteras. En caso de
invasión avisaban a los caciques, quienes decidían reunir a la gente.
Se ha descubierto, que los Quimbayas eran hábiles constructores de
trincheras y trampas, cavando zanjas profundas, que llenaban de filosas
estacas mojadas en veneno, disimuladas con maleza y paja. Otras
técnicas de defensa eran las de esconderse en fortines de guadua en los
árboles donde esperaban para emboscar al enemigo con flechas
envenenadas. En las batallas, los niños cargaban las banderas de las
tribus, las mujeres tiraban piedras, lanzas y agua hirviendo desde las
colinas, los hombres y los jóvenes estaban en el frente con flechas y
arcos. Al triunfar, todos se reunían en el poblado y celebraban
bailando y haciendo combates ficticios entre ellos.


Fueron una de las últimas culturas en desaparecer pues las zonas que
habitaban eran casi inaccesibles, rodeados a lado y lado por nevados y
con dos tapones de selva al norte y al sur. Aun así los españoles al
mando de Jorge Robledo, que había ya conquistado el Norte de Antioquia
llegaron a la región que habitaban. Robledo primero los trató bien pero
luego comenzó a mandarlos a las encomiendas a trabajar. Los Quimbayas
se resintieron y comenzaron una guerra. Fue inútil, Robledo venció y
los últimos Quimbayas escaparon al Chocó. Lentamente desaparecieron y
nos dejaron maravillosos tesoros, el más famoso, es el "Tesoro de los
Quimbayas", encontrado enterrado en Quimbaya, Quindío a finales del
siglo XIX, este tesoro está hoy en el Museo de América de Madrid.
Aunque la pieza más representativa del arte Quimbaya, el Poporo
Quimbaya, reposa en las bóvedas del Museo del Oro de Bogotá, siendo la
primera pieza que el Museo tuvo, en el año de 1933.


 




CULTURA SAN AGUSTIN - COLOMBIA

Cultura San Agustín






De Wikipedia, la enciclopedia libre

















Estatuas en un monumento sepulcral del culto indígena de San Agustín en Colombia.



Con el nombre de San Agustín se conoce en Colombia, Suramérica, una importante región arqueológica, en la que se han hallado varios centenares de esculturas monolíticas, que indican que allí floreció desde remotos tiempos una cultura,
que hoy es objeto de estudio por parte de misiones científicas para
establecer los orígenes y los rasgos peculiares de este pueblo. Se
inició, a partir del Siglo XXXIII a. C., una cultura que presenta ya un considerable desarrollo en el Siglo VII a. C. , según las fechas de Carbono 14 obtenidas recientemente asociadas a la agricultura, la cerámica, la orfebrería y el arte escultórico.


Las diferencias marcadas entre objetos,indumentaria, vestuario y trabajo lítico, observados en las esculturas, hace suponer que la necrópolis de San Agustín fue el lugar donde varias etnias americanas desde lugares distantes traían sus muertos principales a sepultar y de la que hacen parte el Parque Arqueológico Nacional de Tierradentro y el Parque Arqueológico de San Agustín


Cronología






Grandes Linajes o Familias de las Etnias Americanas en Colombia



La cultura agustiniana, se extiende desde el siglo XXXIII a. C.
hasta el siglo XVI d. C. Las diferencias estilísticas que pueden
advertirse en la estatuaria y particularmente en la cerámica, como
también la sucesión de otros elementos, lo que evidencia en su proceso
de integración varios períodos claramente definidos, obedecen más que a
influencia de corrientes extrañas, a la evolución interna de este
complejo cultural.




Línea del tiempo de la Prehistoria de América

Línea superior "correspondencia a las Migraciones"


Línea inferior "desarrollo de civilización en América''




















Féretro San Agustín, Colombia.



Con base en el resultado de tales exploraciones, el cuadro cronológico que presenta la cultura de San Agustín es el siguiente:


Período Arcaico : 3300 a. C. al 1000 a. C.


Féretro del alto de Labapatas (2550 a.C.), Mesitas, ruinas del lado
oeste (1990 a 1800 a.C.), Ruinas del alto de los idolos (1800 a.C.),
Mesitas B montículo (1500 a.C.)


Período Formativo : 1000 a. C. al 300 d. de C.


a) Inferior : 1000 a. C. al 200 a. C.


b) Superior : 200 a. C. al 300 d. C.


Período Clásico Regional : 300 d. C. al 800 d. C.


Período Reciente : 800 d. C. al siglo XVI d. C.


El Desplazamiento


San Agustín es un topónimo que data del siglo XVII y con el cual se
designa una región montañosa del sur de Colombia, donde floreció una
milenaria cultura aborigen. La zona en la cordillera andina, recostado en una de las bases del Macizo Colombiano.
No lejos de allí, en el Páramo de las Papas, nacen algunos de los
principales ríos del país, los cuales cruzan el territorio colombiano
en distintas direcciones y en largos recorridos alcanzan caudales
navegables. El río Magdalena, es una de las más importantes vías de navegación y entrada hacia el interior, transitada desde tiempos pleistocénicos y por donde arribaron los colonos europeos que descubrieron y conquistaron las tierras de los muiscas. El Cauca, su más grande tributario, que irriga fértiles valles interandinos, ricos en filones y aluviones auríferos, tierra donde buscaron asiento los quimbayas y otros consumados orfebres precolombinos. El Caquetá, que sale al Amazonas,
después de irrigar el pie de monte andino y en cuyo curso medio y bajo
moran todavía grupos indígenas selváticos, algunos descendientes,
quizás, de los antiguos escultores de San Agustín.





.



El paisaje geográfico es de colinas onduladas y planos inclinados que descienden hasta estrechos y profundos cañones
de origen aluvial. Al fondo pueden divisarse los imponentes picos del
Macizo, como se denomina el nudo montañoso andino del sur de Colombia.


En el área de San Agustín, el accidentado relieve determina una rápida sucesión de climas,
desde el frío del Páramo de las Papas, y llegando a templado en las
vertientes y cañones de la cordillera, estos enmarcan el ámbito en que
se inició, a partir del Siglo XXXIII a. C., una cultura que presenta ya un considerable desarrollo en el Siglo VII a. C. , según las fechas de Carbono 14 obtenidas recientemente asociadas a la agricultura, la cerámica, la orfebrería y el arte escultórico.


Los vestigios arqueológicos






Tumba policromada



La zona donde se encuentran las reliquias prehispánicas se ubican en una región que corresponde a los actuales municipios de San Agustín, San José de Isnos y Salado Blanco.
Vestigios similares se han identificado también hacia la vertiente que
cae sobre la Amazonía, especialmente en la localidad de Santa Rosa del Caquetá.
Se debe tener en cuenta que una vasta extensión de esta zona está aún
sin explorar, particularmente las zonas que ascienden hacia el Valle de
las Papas, cubiertas por una densa vegetación selvática que sólo hasta
años recientes empezó a ser desmontada a trechos por las avanzadas
colonizadoras. En esta área aparecen, aislados unos de otros, núcleos
de estatuas y de tumbas, a manera de centros ceremoniales. La tradición
histórica ha señalado estos lugares con nombres especiales, que en su
mayor parte se conservan hasta hoy, como Mesitas, Lavapatas, Ullumbe, Alto de los Idolos, Alto de las Piedras, Quinchana, El Tablón, La Chaquira, La Parada, Quebradillas, Lavaderos y otros.


En tales lugares se han encontrado concentraciones de tumbas, algunas revestidas con grandes lajas y con sarcófagos
monolíticos en su interior, cubiertas con montículos artificiales que
alcanzan hasta 30 m de diámetro y 5 m de altura; estatuas de más de 4 m
de altura y de varias toneladas de peso. El trabajo lítico más
destacado es la llamada "Fuente de Lavapatas",
un lecho rocoso de la quebrada del mismo nombre, en donde los nativos
labraron una fantástica fuente ceremonial, con tres piletas y numerosas
figuras serpentiformes y batracomorfas en bajo relieve, circundadas por
diminutos canales por los que corre el agua de manera armoniosa. El
sitio estaba consagrado al culto de las deidades acuáticas y a la
práctica de ceremonias de curación.


Descubrimiento del sitio y trabajos posteriores


Desde mediados del siglo XVI (1536-1539) la región del sur de los Andes de Colombia
fue cruzada por expedicionarios españoles, quienes fundaron allí
poblaciones que en poco tiempo tendrían gran significación en el
proceso colonizador, como Pasto, Popayán, Almaguer, Timaná y otras. Sebastián de Belalcázar y García de Toledo avanzaron por las tierras del Macizo hasta llegar al Alto Magdalena, precisamente donde se ubica San Agustín, antes de que el primero de ellos siguiera hacia el norte para encontrarse con las huestes de Gonzalo Jiménez de Quesada en las tierras de los muiscas, donde acababa de fundarse Bogotá.
A estas expediciones siguieron otras, que entraron en contacto con
grupos indígenas que allí moraban y a las cuales se refieren varios
documentos que reposan en los archivos de Colombia y España.
Sin embargo, en ninguna de estas fuentes aparece noticia alguna
relacionada con los monumentos arqueológicos de San Agustín, ni los
indígenas de la zona revelaron su existencia a los recién llegados. A
partir del siglo XVIII, cuando se inició la acción destructora de los
buscadores de tesoros se empezaron a conocer los trabajos escultóricos
que residían en la zona.






Tumbas de la cultura San Agustín.



La primera información acerca de las ruinas arqueológicas de San
Agustín aparece en la obra Maravillas de la Naturaleza, escrita por el
misionero mallorquín Fray Juan de Santa Gertrudis, de la Orden Observante, quien visitó varias veces el lugar, la primera en el año de 1756. Su crónica de viaje, inicia en Cartagena de Indias y terminada en Lima, permaneció inédita en Palma de Mallorca por cerca de dos siglos, hasta cuando en 1956 fue enviada a Colombia una copia del manuscrito y publicada en el mismo año en la serie Biblioteca de la Presidencia de Colombia.


Es una descripción muy superficial de algunos de los monumentos,
Santa Gertrudis cuenta cómo ya desde esa época buscadores de tesoros se
empeñaban en remover las estructuras funerarias. Siguieron después la
visita del naturalista Francisco José de Caldas (1797), del geógrafo y cartógrafo italiano Agustín Codazzi (1857) y Carlos Cuervo Márquez
(1892), entre los principales del siglo pasado. En 1914 es cuando
realmente se inicia el estudio científico de tales vestigios, con la
visita a la región del investigador alemán K. Th. Preuss y posteriormente con las exploraciones del arqueólogo español José Pérez de Barradas y del colombiano Gregorio Hernández de Alba (1937), Luis Duque Gómez, Eduardo Unda y Tiberio López (1943-1960), Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff (1966), Luis Duque Gómez y Julio César Cubillos,
misión esta última que adelantó la más intensa exploración de los
yacimientos, en temporadas de trabajo que se extendieron desde 1970
hasta 1977, bajo el patrocinio de la Corporación Nacional de Turismo de Colombia y de la Fundación de Investigaciones Arqueológicas del Banco de la República de Colombia.


El pueblo escultor


La investigación arqueológica ha facilitado la reconstrucción de
buena parte de las pautas culturales de este pueblo que habitara el
alto Magdalena. Se sabe hoy que la base principal de su sustentación
económica fue la agricultura del maíz, del maní, del chontaduro (guliehna gasipaes) y de la yuca,
sumada a actividades complementarias de pesca y caza. Evidencias de
tales labores han sido comprobadas en estratos que datan del siglo
VII a. C. y que explican los rasgos fundamentales de su arte
escultórico, íntimamente relacionado con sus concepciones
mágico-religiosas. Esto contrasta notablemente con la estructura simple
de sus viviendas, que eran de planta circular y de cubierta pajiza,
hecho que explica plenamente Cieza de León (1518-1560), un cronista de la Conquista.


Las casas estaban construidas con materiales perecederos, por lo
cual no han quedado de ellas más señales que los orificios donde se
hincaron los maderos redondos que formaban sus muros y que sostenían
los techos, formando recintos de tres, cinco y hasta nueve metros de
diámetro, estos últimos destinados al parecer, a la morada de los jefes
de la tribu o de los Mohánes o chamanes.
Una habitación la formaban generalmente varios bohíos, situados a gran
proximidad unos de otros. Allí tenían sus dormitorios, sus fogones, que
eran tres o cuatro piedras semi-redondeadas, sobre las que colocaban
las vasijas destinadas a la cocción de alimentos, cuando no empleaban
las ollas trípodes, de soportes altos y macizos. También aparecen
dentro del perímetro de las casas, o muy próximas a ellas, huellas de
sus pequeños talleres y los lugares señalados para arrojar los
desperdicios.


La orografía de la región, caracterizada por suaves ondulaciones de
origen volcánico, delimitadas por el curso de numerosos arroyos y
quebradas, determinó una pauta de poblamiento disperso en el área de
San Agustín, similar a la que se observaba en las demás regiones de lo
que es hoy Colombia y que aún persiste en el ámbito rural.


Los núcleos de población coinciden generalmente con el emplazamiento
de grupos de estatuas y estas últimas con los sitios donde se ubican
los cementerios. El Crecido número de sepulcros indica, o bien una alta
densidad de población en aquellos tiempos, o bien la existencia aquí de
un centro ceremonial, consagrado al culto de los muertos. La presencia
de estatuas y de cementerios en casi todas las lomas de la región, es
un claro testimonio de la dilatada extensión territorial que habría
tenido este supuesto centro, a través de los actuales municipios de San Agustín, San José de Isnos y Salado blanco,
en donde se congregarían periódicamente las tribus que poblaban las
áreas vecinas y las que tenían sus propias estancias en aquellos
lugares, especialmente los escultores y los jefes religiosos, para la
práctica de las ceremonias propias del culto funerario.


Cultura (organización social)


Los rasgos peculiares que caracterizan el florecimiento de la
cultura de San Agustín, entre el 300 d. C. al 800 d. C., tales como el
gran desarrollo de la estatuaria lítica, que presenta una etapa ya muy
avanzada desde el siglo VII a. C., la construcción de grandes
terraplenes o aterrazamientos para la localización de las necrópolis,
la edificación de muros de contención, las tumbas revestidas con
grandes lajas de piedra, algunas, las principales, cubiertas con
montículos artificiales coronados con templetes funerarios, las fuentes
ceremoniales labradas en la roca viva, reflejan una adelantada
organización del trabajo y una estratificación social y política. La
escultura, en particular, indica claramente una verdadera
especialización del trabajo, ya que esta actividad, dado el grado de
complejidad y de adelanto que alcanzaron sus artífices, supone una gran
habilidad profesional, un notable talento artístico y en especial un
profundo conocimiento de las creencias mágico-religiosas de la tribu, a
través de una larga tradición de tales manifestaciones religiosas.
Además, diferencias que se aprecian en la estructura de los sepulcros
de un mismo yacimiento, sin indicaciones claras de una secuencia
cultural, hablan más de una estratificación social, puesto que la
cerámica y otros elementos del ajuar funerario atestiguan la
contemporaneidad de unos y otros. Tal estratificación estaría basada
sobre la diferencia entre los grupos ocupacionales y en la jerarquía
política y religiosa, consolidada en la formación de pequeños señoríos,
una organización típica de la mayor parte de los grupos indígenas
encontrados por los españoles en el siglo XVI en la región andina de Colombia.


Es posible pensar también que la gran dispersión que tiene la
estatuaria lítica en San Agustín se explica por haber existido entre
estos nativos una organización estructurada sobre la base de pequeños
grupos familiares, unidos entre sí por vínculos religiosos. Este mismo
hecho podría aclarar la razón de la gran variedad de motivos y estilos
representados en las estatuas dentro de una aparente homogeneidad
morfológica, diversidad que habría obedecido a la necesidad de
individualizar en cada lugar la representación de las deidades
protectoras del grupo familiar, dentro de los cánones religiosos
tradicionales. El chamanismo o Mohánismo
jugaría también un papel significativo a este respecto. En torno a
estos personajes se debieron agrupar los pequeños núcleos familiares y
aquellos habrían formado así una especie de casta sacerdotal, con
marcada influencia en la organización social y política de una
población que tenía una fuerte mentalidad mágico-religiosa, expresada
en la rica temática que se manifiesta en el arte escultórico. Todo
induce a pensar que en este período floreciente de la cultura
agustiniana, la organización social estaba fuertemente influida por los
grupos guerreros y las formas religiosas por las deidades solares y de
la guerra. Las estatuas de las Mesitas A y B del Parque Arqueológico
parecen ser la representación más auténtica de este momento cultural.
Aparecen guardando la entrada de tumbas revestidas de grandes lajas,
con sarcófagos monolíticos en su interior, consagrados, seguramente, a
guardar los despojos mortales de héroes de la tribu o de sus jefes
político-militares.


La escultura


La manifestación peculiar de la cultura de los antiguos pueblos de
San Agustín fue la escultura lítica monumental. Más de 300 estatuas han
sido halladas, la mayoría en una área que aparece plenamente delimitada
por las cuencas de los ríos Magdalena, Bordones, Mazamorras y
Sombrerillos y los picos del Macizo Colombiano.
Indudablemente los nativos quisieron hacer de esta región un verdadero
centro ceremonial para las prácticas funerarias, presididas por los
grandes monolitos, en los que ellos expresaron su estilo simbólico, sin
que este propósito les hubiera impedido tallar formas de gran
naturalismo.


Los bloques en que fueron talladas son tobas volcánicas y andesitas lávicas,
algunas de grandes dimensiones, hasta de más de 4 metros de altura y de
varias toneladas de peso. Con excepción de la vecina región de Tierradentro (Cauca), en ninguna otra zona de Colombia
se presentan estos rasgos monumentales de la escultura y puede
afirmarse, por consiguiente, que ellos están confinados al Alto
Magdalena.






«La diosa de la Chaquira» en el cañón del río Magdalena.



La estructura general del complejo arqueológico de San Agustín
ofrece algunos rasgos muy característicos, como la homogeneidad de
ciertos elementos y su continuidad a través de los distintos períodos
evolutivos, lo que habla en favor de un parentesco cultural de los
diferentes grupos que allí concurrían y de una larga tradición de los
mismos, expresada en elementos indicativos como la cerámica y la
industria lítica, como también en ciertos motivos representados en las
esculturas, cuyas formas ancestrales se inician por lo menos en el
siglo VII a. C. y persisten, al lado de otras posteriores, hasta el
siglo XVI de nuestra era.


El dualismo es un rasgo sobresaliente en la cultura de San Agustín.
En la estatuaria se ven, al lado de las representaciones femeninas,
otras de sexo masculino. Constituye esta característica una de las
peculiaridades que se han señalado como propias del llamado Período Formativo en América precolombina. En San Agustín, como en Mesoamérica,
las creencias religiosas de los nativos dieron origen a un complicado
culto ceremonial, en el cual jugó un papel significativo el ritual de
las danzas de enmascarados. Aun persiste esta práctica entre varias de
las tribus que habitan en la Amazonía,
las cuales usan disfraces fabricados de tela de corteza de árbol,
pintados de varios colores. Es indudable que la mayoría de los monolitosMuseo del Oro
del Banco de la República se ven figuras enmascaradas, algunas de una
sorprendente similitud con las de San Agustín, como puede observarse en
las figurillas de remate de los alfileres calimas, en las que el
disfraz que cubre la cabeza y la cara de los personajes está sostenido
con las manos, al igual de las que seguramente quisieron representar
los artífices agustinianos en varias esculturas de los yacimientos
arqueológicos de Quebradillas y de Ullumbe.
del Alto Magdalena llevan estas representaciones. En las colecciones del


Como ocurrió en el período formativo de las demás culturas de la zona andina y de Mesoamérica, las creencias mágico-religiosas estuvieron en íntima relación con su principal base de sustentación económica, la agricultura, como también con la caza y la pesca. Son los mitos que integran la fauna mágica, en la que son particularmente frecuentes varias especies, asociadas a su cosmogonía.
De ahí que en la estatuaria aparezcan representados varios mitos. El
sol, la luna, el rayo, la lluvia y otros fenómenos naturales, se
personifican y expresan en sus símbolos. Las deidades aparecen
antropo-zoomorfizadas y estrechamente asociadas a los ritos mortuorios.
El sol y la luna presiden su panteón religioso.






Estatua en el yacimiento de Mesitas.



La frecuencia de la representación de la boca felina en la mayor
parte de las esculturas, es indicativa del culto al jaguar, que parece
ser uno de los más antiguos y generalizados entre los pueblos que
vivían en la zona andina y que aún persiste en las poblaciones aborígenes que moran en la selva amazónica. En otras culturas arqueológicas andinas este elemento caracteriza también muchas de las representaciones escultóricas.


También la serpiente ocupa un papel preponderante en las
representaciones escultóricas de San Agustín y en la fuente ceremonial
de Lavapatas. Una estatua que se encuentra hoy en el Parque
Arqueológico, en el llamado "Bosque de las Estatuas", presenta las
manos dobladas sobre el pecho y éstas sostienen, de la cola y de la
cabeza, una serpiente enrollada. Los elementos que caracterizan esta
escultura permiten interpretarla como una Divinidad de las lluvias o
como la representación de un sacerdote o mago de la tribu en el momento
de invocar el espíritu de la deidad para que se pronuncie en favor del
campo o de las cosechas.


La figura de un águila que sostiene una serpiente con el pico y con
las garras, escultura que otros investigadores interpretan como la
representación de un búho, debió tener en el mundo de las creencias de
los antiguos agustinianos una significación especial. Posiblemente fue
el símbolo de la creación, relacionado con el origen de la luz y del
fuego y de la jerarquía política, es decir, el símbolo por excelencia
del poder. Motivos de aves rapaces en piezas de orfebrería han sido
hallados aquí como adornos personales, colocados como ofrendas en
tumbas que debieron corresponder a personajes de la tribu. Entre los
indígenas taironas, que moraban en el norte, en la Sierra Nevada de Santa Marta y en sus proximidades, el águila aparece también frecuentemente en los objetos de oro, lo mismo que entre los muiscas y quimbayas.


Las estatuas que se denominan cariátides,
porque estaban destinadas a soportar los techos de los grandes
sepulcros en las Mesitas A y B del Parque Arqueológico son,
seguramente, representaciones de guerreros. Tal es el caso de los monolitos
que se encuentran en el montículo noroeste de la Mesita B y en los
montículos oriental y occidental de la Mesita A. En estas estatuas
aparece figurada, en forma naturalista, la imagen de guerreros,
adornados con diademas especiales y portando las armas que ellos usaban
(piedras redondeadas, que lanzaban con la mano, escudos o rodelas, que
sostenían con la mano izquierda). En otras estatuas la rodela está
sustituida por una maza corta, la "macana" de que hablan las crónicas del siglo XVI, usadas por los panches, muzos, cólimas y otros grupos, y que aun emplean los chimilas, un pueblo indígena que vive en las proximidades de la Sierra Nevada de Santa Marta.






Fuente de Lavapatas.



Las serpientes crestadas, que aparecen como apéndice de las figuras
felinas que se ven encima de las cabezas de los supuestos guerreros del
montículo oriental de la Mesita A, permiten relacionar estas esculturas
con otras de Mesoamérica, en donde dichos elementos representan a Quetzalcóatl,
un dios bueno, que creó al hombre con su propia sangre, le dio el maíz,
le enseñó la industria lítica, los tejidos, la astronomía, el
calendario, ciertos rituales y el culto. Otros elementos de la fauna
representados en la estatuaria de San Agustín son el mono y la ardilla,
en estrecha relación con los ritos de fertilidad; la rana y el lagarto,
con las lluvias y con la muerte; el pez, con el cultivo del maíz; el
murciélago, como deidad de la agricultura. En San Agustín, la llamada
"rana de Codazzi", descrita por este geógrafo en el año de 1857 y que
duró perdida durante cerca de 200 años, oculta bajo la espesura, está
labrada en un bloque in situ, el cual se ubica en las faldas que caen
sobre la hondonada donde se encuentra la "Fuente de Lavapatas",
a una distancia más o menos de 50 m de este importante monumento. Una
rana monolítica, de tamaño monumental, con colmillos y garras, como las
del Alto de los Idolos y Alto de Lavapatas, en San Agustín, presidía una necrópolis en la hacienda denominada "El Marne", cercana a la población de Inzá. En la orfebrería calima, quimbaya y tairona, la rana es motivo frecuente.


El caracol, de varios géneros, se ve figurado en muchas de las
esculturas agustinianas, sostenido con la mano izquierda, en las
representaciones antropo-zoomorfas. En el área muisca
y en la calima se han encontrado hechos en arcilla, cobre y oro. Además
de su empleo como trompetas, al cual hacen frecuentes alusiones los
cronistas del siglo XVI, el caracol tuvo especial significación como
implemento para el uso de la masticación de la coca. En ellos se guardaba la sustancia alcalina que servía para provocar la reacción química que libera el alcaloide. En este recipiente introducían el palillo humedecido, que llevaban luego a la boca para mezclarla con las hojas del estupefaciente
y que sostenían entrelazado con los dedos de la mano derecha. Una de
las estatuas más interesantes de la zona, y que hoy se encuentra en la
Plaza de Bolívar de la población de San Agustín, es una figura
antropomorfa, con sombrero y boca felina y que sostiene con las manos
un pez, es interpretada como una deidad de las lluvias. En varias
culturas arqueológicas americanas este motivo se vincula también al
cultivo del maíz y su acción fertilizante.


Vestidos y adornos personales


Muchas de las figuras antropomorfas que representan las estatuas,
aparecen completamente desnudas o sólo con ligeros cubre-sexos y con
algunos adornos, como collares, pulseras, narigueras y orejeras. Este
hecho es curioso, puesto que el área de San Agustín es una región en la
que predomina un clima medianamente templado y éste se enfría
considerablemente a medida que se asciende al Valle de las Papas.
Quizás ello permita afirmar que se trata de un pueblo que tuvo una
prolongada estancia en tierras bajas antes de alcanzar los lugares
donde labraron sus estatuas. Varias esculturas presentan, sin embargo, faldellines y sombreros, los primeros confeccionados con tela, hechas de corteza de árbol, como lo acostumbran muchas tribus de la Amazonía.
Los implementos para el hilado, como volantes de husos, son
particularmente escasos en el registro de los elementos hallados en las
excavaciones arqueológicas realizadas. Los adornos fueron variados,
como collares de cuentas de piedra caliza y de piedra dura, estas
últimas de color verde azulado, tubulares, con orificio longitudinal;
cuentas de concha, de semillas, de hueso y de oro; narigueras de
orfebrería, circulares, laminadas o a manera de alambres retorcidos,
con engarces de cuentas de cuerno o de piedra; pendientes de oro
macizo, figurando en algunos águilas diminutas; diademas de oro,
orejeras y otros adornos que han sido encontrados en las excavaciones y
que coinciden en su forma con los que se observan en las estatuas.


La cerámica


Es fundamentalmente monocroma, hecha en atmósfera oxidante, por el
sistema de enrollado y con engobes de distintos tonos ocres. Predominan
las formas de cuencos pequeños, platos, ollas trípodes, copas de
soporte alto. También se encuentran grandes vasijas, destinadas al
almacenamiento de líquidos y a servir de urnas funerarias. La
decoración es casi siempre incisa, aunque se registra también la
pintura negativa, negro sobre rojo, desde las fases iniciales del
florecimiento de la cultura, en el período que se denomina Formativo
Superior. En el período final, o Reciente, aparece la pintura positiva
bicolor, como también una decoración granulada.